Nómadas.

I

Todos los días a la misma hora en el mismo transbordo el mismo músico toca la misma canción; mientras unas mil personas pasan de largo. Como ven y oyen, creen que no son ciegos ni sordos.

Yo pausaba por aquí,

y agobiado y de repente,

he pensado lo siguiente:

“Madrid lo tiene todo. Así que corre,

vete”.

II

Los nómadas nos pasamos las ciudades como si fueran pantallas de un videojuego. Hacemos mapas en donde en lugar de paradas de metro hay besos y borracheras. Intentamos también sin éxito, borrar los recuerdos tristes de nuestros planos. Para conseguir pasar algún día por delante de ellos sin sentir que una flecha roja nos atraviesa el pecho diciendo “Usted lloró aquí”.

-Hemos descubierto que son las personas las que hacen a las ciudades y las historias las que hacen a las personas-.

(Tal vez nos acojona vivir entre tantos recuerdos; como si llegados a un punto, nuestro tiempo empezase a contar hacia atrás. 10…9…8…Pero tal vez pensamos demasiado).

Sea como sea le pedí a Madrid que me abriese puertas,

no piernas.

Quise descubrir por qué de Madrid al cielo. Me cansé de sus ascensores y abrí los ojos en cada beso. Nunca me montaba en uno si no tenía espejo. Cansado de mi reflejo

intenté escuchar a alguien que no fuese Sabina, y nunca lo conseguí

menos cuando Leiva.

Y un día no sé ni cómo, la ciudad lloró, y yo

lloví. Y mis versos fueron tan libres que dejaron de serlo.

III

Harto de dejar para mañana lo que era para ayer, me iré. Y no me echaréis de menos, me quedaré en vuestros muros de facebook, a muchas fotos de distancia, en conversaciones esporádicas sobre el tiempo de cualquier lugar, en las nochebuenas y en -algunos- cumpleaños. En los likes de cortesía y en las tardes de aburrimiento cotilla.

Tal vez vuelva dentro de muchos años cuando todo sea distinto,

menos mis mapas de recuerdos y mis historias de vosotros.

Los nómadas nos bajamos de trenes en marcha y compramos billetes a ninguna parte. Se nos mueren las plantas y ninguna panadera se acuerda de nuestros nombres. A veces también, evitamos las sonrisas por la calle. Es entonces cuando cambiamos de dirección.

‘sәuoɹqɐɔ soun soɯos oɹәd

(justo antes de desaparecer, me volveré imprescindible).

Probaré otra ciudad, como si fuese un rasca y gana,

hasta que encuentre un lugar, o hasta que alguien me diga:

-Oye, Lluís.

No te vayas.

10…9…8…

Tal vez hoy he pensado demasiado.

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